Nido vacío

Your children are not your children. They are the sons and daughters of Life’s longing for itself.

Khalil Gibran

Es común escuchar hablar del nido vacío como una etapa de tristeza, pero pocas veces nos detenemos a pensar en lo que significa dejar de ejercer una función que durante años dio propósito a nuestras vidas.

La mayoría de los duelos en la vida transcurren en silencio; no siempre somos conscientes de ellas ni siempre alcanzamos a dimensionarlos. La partida de los hijos es una de ellos. Es algo paradójico: por un lado es imposible no reconocer que los hijos ya no están, pues sería delirante, pero, a la vez, no es posible ver y asimilar lo que son los espacios vacíos que ya no están habitados por su presencia constante. Cuando los hijos se van es un cambio dramático en la vida. Y es que en esta partida conviven una necesidad de dejarlos ir y el deseo de seguir siendo importantes en sus vidas. Por un lado, entran en juego los valores de la lealtad y la gratitud, como si los hijos tuvieran que regresar a pasar lista, para confirmar que siguen presentes. Por el otro, sobre todo cuando ha habido una cercanía muy intensa, necesitan separarse para crecer.

Es difícil aceptar que los hijos ya no busquen con la misma frecuencia o que recurran a los padres sólo cuando necesitan algo. Ellos están ocupados construyendo sus propias vidas, tratando de probarse con el mundo. Los padres tienen que aprender a vivir con una presencia distinta, menos necesaria. El vínculo cambia, pero no tiene que ver con que haya menos amor. Saber entenderlo permite dejar de medir la importancia que los padres ocupan en sus vidas en relación a las frecuencia en que son buscados.

¿Es un tema más difícil para las madres que para los padres? Depende. Si la madre se dedicó principalmente al cuidado de los hijos y pasó mucho más tiempo con ellos se enfrenta a una vocación que debe replantearse para no intentar de seguir organizándoles su vida cuando ya han buscado su independencia. Pero, sobre todo en un mundo que ha premiado el cuidado de los hijos, puede dejar a la mujer un enorme vacío. Y necesita preguntarse hacia dónde puede dirigir tanto amor, cuidados y tiempo, puede llegar a enfrentarse a una falta de propósito. Sin embargo, el impacto no depende exclusivamente del género, sino del lugar que la crianza ocupó en la identidad y el proyecto de vida de cada persona.

Pero la dificultad de separarse no siempre se manifiesta en la ausencia. A veces los hijos se van físicamente de la casa, pero siguen dependiendo de los padres como si no se hubieran ido. En ambos casos, la relación necesita transformarse, y los padres tienen que encontrar una nueva manera de relacionarse con ellos.

El nido vacío, curiosamente, es la graduación triste de un buen trabajo realizado durante años, uno que exigió dedicación y entrega. Queda libre energía para empezar una nueva etapa de vida, a un mundo que quizá cambió mucho más de lo pensado. La vida profesional, pero no evita elaborar la pérdida.

Pero hay otra dimensión que no podemos dejar de lado. El cuidado del otro no es sólo un asunto psicológico, también tiene una dimensión biológica. El cuerpo está preparado para cuidar de otros, es parte de nuestra historia evolutiva y de nuestra supervivencia como especie. Desde la neurociencia afectiva propuesta por Jaak Panksepp, el sistema CARE es uno de los sistemas afectivos primarios del cerebro y está relacionado con el impulso de cuidar y de nutrir y mantener los vínculos afectivos con los otros. Participa en conductas de cuidado hacia quienes amamos, pero también hacia otros. El sistema CARE es el que sostiene conductas como el altruismo, la compasión y la empatía. Durante la crianza, el sistema CARE participa en el cuidado cotidiano de los hijos. Cuando éstos se van, no sólo cambia la dinámica relacional, sino también cambia la forma en que se expresaba dicho sistema.  Después de años de atender sus necesidades, protegerlos y acompañarlos, los padres tienen que encontrar una nueva manera de orientar esa disposición a cuidar.

Enfrentarse con el nido vacío es arreglárselas con la realidad de la partida, redefinir la propia vocación y encontrar una nueva manera de orientar el cuidado. Se trata de descubrir o crear un nuevo lugar para depositar el cariño y toda esa energía que durante años estuvieron dirigidos a los hijos.