La IA rematerializó al mundo

CAPÍTULO 10
La inteligencia artificial devolvió la tecnología a la tierra. El reto ya no es sólo producir energía limpia, sino decidir quién se quedará con ella.
La Agencia Internacional de Energía estima que los centros de datos consumirán unos 950 teravatios-hora de electricidad en 2030, una cantidad comparable al consumo anual de Japón. La cifra incluye todos sus usos, aunque la inteligencia artificial (IA) impulsa gran parte del crecimiento. La reacción política se ha hecho visible. En julio, la gobernadora de Nueva York, Kathy Hochul, suspendió por hasta un año determinados permisos ambientales para nuevos centros de datos de 50 megavatios o más, mientras se evalúan sus impactos y se establecen nuevas condiciones para su desarrollo. No es un caso aislado. Este año, 14 estados de Estados Unidos han discutido moratorias, y más de 100 ciudades y condados las han propuesto o aprobado.
El conflicto no se limita al consumo, pues importa quién paga por satisfacerlo. En la red que abastece a 13 estados del este de Estados Unidos, el costo de asegurar la capacidad eléctrica se ha disparado. La expansión de los centros de datos incrementa la presión sobre el sistema y plantea una disputa distributiva. El problema es que si las nuevas plantas y líneas benefician a grandes consumidores privados, ¿qué parte de su costo deben asumir los hogares?
Durante años, muchos sostuvimos que la economía del conocimiento desmaterializaría el mundo y produciría más con menos, como argumentó Andrew McAfee en More from Less (2019). El teléfono celular era la prueba. En él caben la calculadora, el teléfono, la computadora, el reloj, la brújula, la cámara fotográfica, la grabadora de video y sonido, los mapas, la agenda y miles de aplicaciones que, juntos, habrían llenado una habitación y costado miles de dólares. La era digital se presentaba como ligera y etérea, como “la nube”. Yo también lo creí. Pero la IA no eliminó el sustrato físico de la economía digital; lo multiplicó. Cada gran centro de datos reúne toneladas de acero, cobre y silicio, tiene chimeneas invisibles, consume grandes cantidades de agua y requiere un suministro eléctrico ininterrumpido, porque sus servidores trabajan las 24 horas. La nube funciona con gigavatios, concreto, transformadores y semiconductores. La IA rematerializó al mundo.
DE EXPORTAR SERVIDORES A ALOJAR CÓMPUTO
En el cuarto artículo de esta serie mostré que México se convirtió en uno de los principales exportadores de servidores para los centros de datos de Estados Unidos, con ventas por valor de decenas de miles de millones de dólares. Pero ensamblar un servidor no equivale a retener el valor del cómputo, pues el contenido nacional de esas exportaciones apenas alcanza un dígito. Ahora el debate se traslada a nuestro propio territorio.
Querétaro concentra ya cerca de tres cuartas partes de la capacidad de centros de datos del país, y la asociación del sector estima que la inversión nacional podría alcanzar 82 mil millones de dólares entre 2026 y 2031, en Querétaro, el Bajío, Nuevo León e Hidalgo. Es una oportunidad; sin embargo, no todos los centros de datos son iguales. Unos almacenan información o prestan servicios de nube convencionales; otros entrenan y operan modelos de IA, con demandas de energía mucho mayores. Tampoco generan los mismos beneficios, ya que un centro de datos atrae mucha inversión, pero, una vez construido, genera relativamente poco empleo. La pregunta no es cuántos atraemos, sino qué capacidades aportan y quién las aprovecha. Si México se limita a ceder tierra, agua y energía para que empresas extranjeras procesen datos ajenos, sin transferir capacidades ni fortalecer la proveeduría nacional, reproduciremos la vieja maquila en versión digital.
La presidenta Claudia Sheinbaum dijo en agosto pasado que México no debe convertirse en sede de los centros de datos de otros países, porque consumen mucha energía y mucha agua y generan pocos empleos. Su diagnóstico es correcto. La pregunta es qué política debe derivarse de éste.
RED, AGUA Y TERRITORIO
La IA llega al mismo tiempo que el imperativo de la transición energética. El dilema ya no es sólo sustituir los combustibles fósiles, sino satisfacer una demanda de potencia que crece a saltos agigantados, sin descarrilar los compromisos climáticos ni provocar apagones. Y no basta con generar la energía; hay que transportarla. En 2025, la demanda eléctrica de Querétaro superó los mil 500 megavatios, frente a poco más de 700 megavatios de capacidad instalada en el estado. La diferencia se cubre mediante la red interconectada, pero las propias autoridades identifican la transmisión como el principal cuello de botella para atender nuevas cargas. Las líneas y subestaciones de la CFE, más que los anuncios de inversión, marcan el límite físico de nuestro desarrollo industrial.
El estado vive, además, un estrés hídrico severo, dado que ocho de sus 11 acuíferos están sobreexplotados y, en 2024 y 2025, más de 90% de su territorio padeció sequía. Las comunidades de Colón y El Marqués han sufrido interrupciones en el suministro de agua y de luz. Oxfam México advierte que el marco estatal trata a los centros de datos como simples empresas de servicios, y no como infraestructura de gran escala con impactos ambientales y sociales. Enfriar procesadores con agua de acuíferos sobreexplotados, mientras las comunidades vecinas sufren cortes, es injusto y una receta para el conflicto social.
EL VALOR ESTÁ EN EL USO
La historia económica ofrece una lección. Como mostró el historiador económico Paul David, la electricidad no elevó la productividad de las fábricas cuando se instalaron los primeros motores, sino décadas después, cuando las empresas reorganizaron su producción en torno a ella. La infraestructura tiene valor, pero su contribución al desarrollo depende de quién la utilice, de cómo eleve la productividad y de qué beneficios deje en el territorio que la sostiene. Y, como insisten Daron Acemoglu y Simon Johnson, la dirección de la tecnología no está predeterminada. Depende de las decisiones y del poder de quienes la gobiernan.
Mariana Mazzucato, que asesora al gobierno en el Plan México, propone que el acceso a los recursos públicos esté acompañado de condiciones claras para el sector privado. Aplicado a los centros de datos, eso implica establecer reglas de entrada en cuatro ámbitos.
—Agua. Metas verificables de consumo, de origen del suministro y de impacto en la cuenca. Debe priorizarse el uso de agua tratada, como ya plantea Nuevo León para sus nuevos centros de datos, y elegirse la tecnología de enfriamiento adecuada para cada territorio. Ninguna es neutra, ya que los sistemas de circuito cerrado o por aire ahorran agua, aunque suelen consumir más electricidad, de modo que el ahorro en un recurso puede trasladar la presión al otro.
—Energía adicional. Que los grandes proyectos aporten una nueva generación limpia, almacenamiento o respaldo, y la conexión necesaria para garantizar su suministro continuo, en lugar de absorber la capacidad de hogares e industrias. Irlanda ya exige a los grandes centros de datos capacidad propia de generación o de almacenamiento que cubra su demanda máxima, y nuevas renovables adicionales que aporten al menos el 80% de su consumo anual. Los proyectos deben financiar su propia infraestructura mediante esquemas tarifarios específicos, como ya ocurre en Ohio y Oregón, para evitar que sus costos se trasladen a los recibos de las familias.
—Cómputo para el país. Una cuota de procesamiento para universidades públicas, centros de investigación y proyectos de interés nacional, con precios accesibles, disponibilidad garantizada, soporte y capacitación. La obligación debe recaer en quienes controlan esa capacidad, no necesariamente en quienes alojan los equipos. Instalar infraestructura aquí también debe permitir la innovación en el país.
—Capacidades. Metas de proveeduría nacional, ingeniería y formación técnica, para que cada centro de datos deje en el territorio algo más que concreto y cables.
EL SUSTRATO MATERIAL
La nube no está en el cielo. Tiene cimientos de concreto en la tierra y cables de cobre en nuestras subestaciones. México debe atraer proyectos que amplíen sus capacidades productivas y tecnológicas, con beneficios verificables para las comunidades que aportan territorio, agua y energía. Ese debe ser el criterio para decidir bajo qué condiciones abrirles la puerta. No cambiemos kilovatios limpios y agua escasa por el espejismo de ser una bodega de datos ajenos. Gobernar el sustrato material de la IA implica ponerlo al servicio de nuestras prioridades de desarrollo.