El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente.
John Acton, 1887
El siglo pasado, la democracia en México fue una falacia: durante 70 años las eleciones “democráticas” organizadas por el PRI-gobierno siempre tuvieron un ganador sin haberse emitido un solo voto. Las urnas “embarazadas”, los difuntos que votaban, la intimidación de las fuerzas gubernamentales para influir en el voto, los acarreados que vendían el sufragio por una despensa eran la norma de la dictadura perfecta. Pero la voracidad por el poder y el dinero poco a poco resquebrajó al PRI; las escisiones de quienes pensaban que merecían más para ellos, así como la imposibilidad de contener la verdad de lo que realmente sucedía en el país, junto con errores monumentales y el aumento de la violencia e inseguridad, llegaron a un punto crítico en la década de los noventa. La única forma con la que el PRI pudo mantenerse en el poder fue con grotescos fraudes electorales —como la “caída del sistema” del órgano electoral, controlado por la Secretaría de Gobernación que encabezaba Manuel Bartlett—, lo que colmó la paciencia de la sociedad entera.
La creación del Instituto Federal Electoral (ahora INE) cambió todo eso. El nuevo órgano autónomo surgió como consecuencia de las presiones sociales que incendiaban al país. Rápidamente se fue perfeccionando, convirtiéndose en un órgano colegiado (las decisiones se toman por votos directos de los consejeros) cuyos miembros eran ciudadanos de gran prestigio y sapiencia, responsables de organizar elecciones —primero federales y luego también las estatales— y de ser el regulador que aseguraba elecciones libres y secretas. El resultado: por primera vez el PRI perdió la mayoría en el Congreso, se eligieron gobernadores de oposición y en el año 2000 llegó a la presidencia un candidato opositor. La imparcialidad del INE, a pesar de las presiones de todos los partidos políticos, e incluso de los presidentes en turno, era a toda prueba; Woldenberg, Ugalde, Valdés y Córdoba fueron guardianes de la democracia, incluso bajo las amenazas y ataques del tres veces candidato a la Presidencia, que nunca reconoció sus derrotas electorales y mandó al infierno a las instituciones. Eventualmente, López Obrador ganó las elecciones gracias a la democracia protegida por el INE y otros órganos autónomos que tanto costó construir. Una vez en el poder, su prioridad fue destruir la democracia que lo llevó a la Presidencia, eliminando dichos órganos y manipulando el proceso para elegir un nuevo consejero presidente del INE. Guadalupe Taddei fue “elegida” al salir su nombre de una tómbola de entre cinco candidatos —todos afines a Morena—, a pesar de tener a varios miembros de su familia en puestos públicos y dentro del partido. Inmediatamente el Congreso, controlado por Morena, le dio poder absoluto para elegir a colaboradores y funcionarios principales, que antes eran elegidos por votación del Consejo General, así como el dominio del presupuesto; el órgano de control interno del Instituto se convirtió en facilitador servil de los designios la consejera presidenta. Tres años después, Taddei ha renunciado bajo investigaciones de conflictos de interés y de solapar una red de corrupción tejida con proveedores y socios, destapada por investigaciones periodísticas (de las que tanto molestan al régimen) que dieron seguimiento a denuncias internas y secretos a voces.
Lo que sucede en el INE no es diferente a lo que sucede en muchas dependencias e instituciones de esta administración: la corrupción, el tráfico de influencias y la incompetencia son rampantes en todo el gobierno, donde incluso el crimen organizado ha infiltrado altas esferas de mandos estatales. ¿Por qué entonces la Presidenta no protegió a Taddei?
Porque necesita legitimidad e imparcialidad (real o ficticia) del INE en las elecciones del año entrante para que sus candidatos ganen sin sombra de duda; Taddei ya era insostenible para alcanzar ese fin. No olvidemos que López Obrador, los Monreal, Ebrard, Bartlett, Mier, Durazo, Adán Augusto y la mayoría de los gobernadores y candidatos de Morena fueron parte del PRI. Es la base de la nueva dictadura imperfecta. El poder absoluto que tanto desearon los comienza a romper, absolutamente.
