El disimulo es uno de los méritos más notables de nuestro siglo.
Michel de Montaigne. Ensayos
Parece que se quebró alguno de los hilos que sostiene el entramado de la cortesilla política que hoy disfruta de las mieles del poder y, por qué no decirlo, ante todo aquello que se ha revelado a consecuencia de la renuncia de Guadalupe Taddei a la presidencia del Instituto Nacional Electoral, de la impunidad que, al parecer, es una suerte de prestación laboral, casi garantizada, cuando se ocupan puestos clave en la administración pública. Ha sido uno de los más lamentables espectáculos que ha ofrecido el gobierno y el oficialismo al intentar que el impacto y la relevancia de este caso vulnere muy poco su imagen, la famosa popularidad universal e inaudita de la que suelen jactarse.
Días aciagos en los que se ha montado el tragicómico espectáculo del disimulo en el que se calcula cada uno de los parlamentos de un guion que ha necesitado reescribirse con carácter de urgente: la imagen y el apellido de quien ocupó la presidencia de una de las instituciones más relevantes para el país han estado ligados, casi como producto de la magia tan peculiar que ha sido posible bajo el amparo del presente régimen, a la llamada Cuarta Transformación y al antiguo morador del Palacio Nacional. El disimulo y la hipocresía han sido las monedas de mayor circulación entre quienes darían clases al Judas bíblico. En efecto, es trágico, porque se revela la opacidad con la que se conduce el destino de un organismo y, ampliando la mirada, del mismo país.
Y, claro, cómico, porque en la medida en la que transcurren los días y se dan a conocer las declaraciones de quienes forman esa suerte de barrera de contención del oficialismo, el humor involuntario crece como el árbol de la frondosa hipocresía (quizá algún día podamos conversar acerca de todo lo que también se ha presentado ante la muerte del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, discursos y proclamas de quienes también rinden pleitesía a Manuel Bartlett).
Basta un breve paseo por los periódicos, las redes sociales y algún noticiero, para darnos cuenta que están haciendo hasta lo inimaginable para que el affaire Taddei deje de ser un factor en sus futuras campañas en las que, no cabe la menor duda, volverán a sacar la carta de “la honestidad” para articular sus discursos. Sin embargo, ese cómico intento por deslindarse de tal personaje sólo despierta otra pregunta incómoda que se responde con la suspicacia que se revela en aquello que se sabe, pero que se tolera. Si basta con una sencilla búsqueda en internet para saber los alcances del nepotismo que se pone de manifiesto en este caso, ¿qué tanto ocurrirá en todos aquellos organismos gubernamentales en donde se pregona “no somos iguales”?
Y no sólo se trata de subrayar los casos de apellidos, compadrazgos e influyentismo, que han sido los lastres con los que nuestra sociedad ha cargado durante décadas. Tampoco es cuestión de matizar la responsabilidad de los dos últimos sexenios: es colocar en la mesa la incongruencia entre lo que pregonan como victorias de un movimiento que se ufana de una moral incorruptible y la realidad que les comienza a cobrar factura. Así, ese caso pone en el centro de una “tormenta perfecta” el papel de un gobierno que es juez y parte al auditar a las instituciones: son responsables de no actuar y tolerar aquello que, según las declaraciones de titular del Órgano de Control Interno del INE, se investigaban desde hace ya algunos meses, y cuyos primeros resultados deberían ser aún más escandalosos. Meses, no unas cuántas horas, que son las que bastaron a los medios de comunicación en revelar esta caja de Pandora –así como en su momento un trabajo periodístico dio a conocer el paradero de Amílcar Olán–. ¿Estaremos frente a otro caso en el que se apuesta a esa memoria –tan selectiva– de nuestra sociedad? Porque ya se observó que tan pronto como se dio a conocer la renuncia de la anterior presidenta del INE, otro de los nombres y apellidos consentidos del oficialismo salió a relucir, Lorenzo Córdova.
Y, para no romper con esa costumbre de recurrir a los clásicos, quizá sea prudente recordar a Montaigne que planteaba “[...] Es el mentir feo vicio (...) Guiándose nuestra inteligencia por el solo camino de la palabra, el que la falsea traiciona la sociedad pública. Ése es el único instrumento por cuyo concurso se comunican nuestras voluntades y pensamientos; es el intérprete de nuestra alma. Si nos falta, ya no subsistimos, ni nos conocemos los unos a los otros. Si nos engaña, rompe todo nuestro comercio y disuelve todas las uniones de nuestro pueblo...” (Ensayos, Libro II, capítulo XVIII).
A fin de cuentas, disimular también es buscar la cuadratura de un círculo bien trazado, el de la opacidad y la corrupción.
¿Y si jalamos más hilos?
