Falleció en días recientes el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, quien, guste o no, tuvo un papel relevante en la transición democrática de nuestro país. Él, junto con Porfirio Muñoz Ledo, impulsaron en la década de los ochenta una corriente al interior del que fuera el partido hegemónico, el PRI, buscando que la elección del candidato presidencial no fuera por designación directa del presidente en turno, sino mediante un proceso democrático. Al no lograrlo, decidieron entonces construir una alternativa, siendo Cárdenas candidato por el Frente Democrático Nacional, que sería derrotado para posteriormente impulsar la creación del Partido de la Revolución Democrática (PRD, por sus siglas).
De esta manera, en 1997 sería él la primera persona en gobernar el entonces Distrito Federal por voto popular, dando inicio a una nueva etapa en la vida democrática de la capital de nuestro país. Y así, aunque nunca logró ser presidente de México, sí tuvo una contribución importante en el fortalecimiento de la oposición, creando una alternativa real en la que el descontento de la gente encontró una opción y se abrió paso y camino para que no todo girara en torno a las mismas siglas de siempre.
De esta manera, sabiendo que la historia quizás no se repite, pero muchas veces rima, valdría la pena reflexionar y preguntarnos qué está haciendo falta hoy para que surja una figura como la del ingeniero Cárdenas; un grupo de personajes que encuentren el valor de oponerse al régimen, a sus atropellos, a tanta violencia y corrupción, a la cooptación de las instituciones electorales y del Poder Judicial, al monopolio político que se ha instaurado en la República y que no parece encontrar su fin, un punto de retorno o de corrección del rumbo.
¿Tenemos, entonces, al interior del partido oficialista, un grupo de aplaudidores, de seguidores fieles y ciegos, capaces de sacrificar al país por agradar y mantenerse vigentes dentro de un grupo de poder? La lealtad jamás debiera ser confundida con complicidad, y el bienestar de la nación y sus ciudadanos no puede ponerse nunca en el mismo peldaño que la subsistencia y continuidad de quienes detentan el poder público.
Porque, a pesar de haber compartido una historia política, Cárdenas supo señalar y criticar a Andrés Manuel López Obrador cuando consideró que el rumbo del país se alejaba de sus convicciones. Y es precisamente ahí donde radica una de las mayores lecciones de su trayectoria: la capacidad de disentir, incluso frente a quienes alguna vez fueron compañeros de lucha, cuando los principios y el interés nacional así lo exigen.
Así, la ausencia del ingeniero Cárdenas deja vacíos convertidos en lecciones: que ser condescendiente a costa de la gente es una manera más de corrupción; que callar y seguir, en detrimento del país, es una de las mayores traiciones y deslealtades al pueblo. Y que, para que las cosas sucedan, hace falta valor para enfrentarse, señalar las equivocaciones y privilegiar a la patria por encima de cualquier interés político particular o colectivo.
Porque la democracia no se demuestra únicamente cuando se conquista el poder, sino también cuando se tiene el valor de ponerle límites al poder propio. Y quizás ésa sea la mayor lección que nos deja el Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas: que la lealtad más importante no es con un partido, un movimiento o un grupo político, sino con el país y con sus ciudadanos.
