Re-enculturación

Silvano Espíndola

Silvano Espíndola

Ornitorrinco

Cada otoño, cuando las calabazas de Halloween empiezan a competir con el cempasúchil en los aparadores, resurge en México un reclamo conocido: hay que defender la tradición auténtica frente a la invasión extranjera. El Día de Muertos, proclamado por la UNESCO Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad en 2003, parece el último bastión de una identidad pura. Sin embargo, basta revisar un poco su historia para descubrir que esa pureza es en buena medida una ilusión. La antropología tiene un nombre curioso para explicarlo: el efecto pizza. 

El término lo acuñó en 1970 Agehananda Bharati –un monje hindú nacido en Austria como Leopold Fischer, que también fue profesor de antropología en la Universidad de Siracusa– en su artículo The Hindu Renaissance and its Apologetic Patterns. Para ilustrar que la India moderna había adoptado como auténticas ciertas versiones de sus tradiciones reinterpretadas en Occidente (como el yoga), Bharati usó la metáfora de la pizza. Originalmente se trataba de un pan sencillo, sin ingredientes encima, que consumían los campesinos del sur de Italia. Los emigrantes la llevaron a Estados Unidos, donde se convirtió en un platillo elaborado. Después, la versión con múltiples sabores volvió a Italia con los parientes que regresaban de visita y ganó un prestigio nuevo en todo el país. 

El Día de Muertos es un caso ejemplar. Como ya se comentó hace algún tiempo en este mismo espacio, la celebración no es puramente prehispánica. Cada 1 y 2 de noviembre se colocan los tradicionales altares sobre las lápidas de los cementerios, pero el primer cementerio (por cierto, del griego koimeterion, “dormitorio”) fue la Catedral, que Hernán Cortés levantó sobre el Templo Mayor. Gracias a que los españoles sembraron la primera caña de azúcar de América en Veracruz, pudimos crear las calaveritas de azúcar, y también trajeron el trigo y el arte de hacer el actual pan de muerto. El papel picado provino de China. Bien visto, el actual festejo mexicano nació del encuentro entre los ritos que acompañaban a los difuntos hacia el Mictlán y la liturgia católica. 

El efecto pizza en su forma más pura se percibe en acontecimientos más recientes. La película 007: Spectre, de 2015, comienza con James Bond atravesando un desfile multitudinario de calaveras gigantes en el Centro Histórico. Ese desfile no existía: fue una invención de Hollywood. Pero después del estreno de la película, los turistas empezaron a preguntar por él y el gobierno capitalino decidió volver real la ficción. El primer Gran Desfile de Día de Muertos recorrió Reforma el 29 de octubre de 2016 y aprovechó parte de la utilería del rodaje. Hoy el desfile combina los disfraces del Halloween estadunidense materializados en las Catrinas y los Catrines, y las carrozas y el baile de carnavales, como el de Río. Asimismo, es obvia la influencia de otras películas como Coco (2017) en la actual interpretación de nuestra festividad. Una imagen de México fabricada en el extranjero volvió a casa y fue adoptada como propia –un proceso de re-enculturación–, igual que la pizza de muchos sabores regresó a Italia.

CATRINA

La Catrina se ha convertido en la embajadora de nuestro festejo de Día de Muertos. La más grande del mundo acaba de ser reconocida internacionalmente con el Récord Guinness, pero hay que saber que su origen fue La Calavera Garbancera, inventada por el caricaturista José Guadalupe Posada (1910) precisamente para burlarse de quienes renegaban de sus raíces indígenas, presumiendo ser extranjeras. Por eso era una mujer “en los huesos, pero con sombrero francés”. El nombre La Catrina fue un aporte posterior de Diego Rivera, quien la bautizó así y le dio cuerpo y vestido elegante en su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central (1947)