Las lecturas obvias llegaron junto con los resultados y son correctas. El martes, los estadunidenses votaron contra el precio de la gasolina y del súper, contra unos aranceles que se pagan en cada compra, contra las redadas del ICE y el racismo convertido en política pública, contra una guerra en Irán que seis de cada diez electores consideran un error. Las encuestas de salida lo confirman: tres de cada cuatro votantes califican mal la economía y seis de cada diez reprueban el trabajo del ICE. Con un presidente en 38% de aprobación, los demócratas recuperaron la Cámara de Representantes, voltearon siete escaños del Senado y se llevaron cinco gubernaturas (dos de ellas en manos latinas). Texas eligió a un senador demócrata (y parte de la comunidad LGBT) por primera vez desde 1988. Y también al primer musulmán en la historia.
Hasta ahí, la explicación se sostiene sola. En 1992, James Carville, estratega de Bill Clinton, colgó en el cuartel de campaña un letrero que se volvió canon: It’s the economy, stupid. Treinta y cuatro años después, esas mismas encuestas traen un dato casi ignorado que, me parece, ordena todo lo demás. Cuando se les preguntó qué pesó de manera crucial o importante en su voto, 90% de los electores respondió que la corrupción del gobierno. Ningún otro tema llegó tan alto: ni el costo de vida (89%) ni la guerra en Irán (74%) ni la política migratoria (73%). Y un tercio dijo no confiar en ningún partido para enfrentarla. Nueve de cada diez estadunidenses votaron pensando en la corrupción. Ésa es la noticia y casi nadie la está contando.
Trump pidió votar como si él estuviera en la boleta. Le hicieron caso, aunque no como él esperaba.
Lo segundo me parece lo más revelador: a los estadunidenses les ofrecieron dinero por su voto y lo rechazaron. En septiembre, Trump prometió un “dividendo Trump” de 5 mil dólares por adulto si su partido conservaba ambas cámaras, y lo repitió en un video difundido menos de 24 horas antes de que abrieran las casillas. Un pago condicionado al resultado. Hasta Bob Good, que presidió el Freedom Caucus, lo describió como compra de votos. Y la gente tiene memoria: los cheques de dos mil dólares “por aranceles” prometidos para mediados de este año nunca llegaron, y en febrero la Corte Suprema tumbó los aranceles de emergencia que supuestamente iban a financiarlos. Elon Musk jugó la versión privada de la misma apuesta. Metió cerca de 450 millones de dólares en esta elección y más de 200 millones fueron a sostener a Ken Paxton en Texas, donde Trump ganó por más de diez puntos en 2024. Paxton perdió contra James Talarico. Es el mismo Musk que en 2025 repartió cheques de un millón de dólares entre votantes de Wisconsin, práctica que un panel bipartidista consideró ilegal. El miércoles se lo tomó a broma en X: escribió que sus láseres espaciales para interferir elecciones no habían funcionado esta vez.
Lo que se castigó el martes fue la concentración del poder en una sola persona. Un hombre decidió una guerra que la mayoría no quería y unos aranceles que la mayoría paga en su cuenta del súper. Y declaró que consideraría indultos preventivos para Musk y otros colaboradores si los demócratas ganaban la Cámara, es decir, perdones para delitos que nadie les ha imputado. Mientras, las empresas de Musk sumaban contratos federales. Cuando quien gobierna puede perdonar por adelantado a sus amigos y premiarlos con dinero público, la corrupción deja de ser una sospecha y se vuelve parte del diseño. Eso (además de las criptomonedas, el enriquecimiento suyo y de toda su parentela al amparo del poder) es lo que midió ese 90 por ciento. En la Casa Blanca no parecen haberlo entendido. Trump se anunció como Mr. Veto. JD Vance culpó a la guerra. Ninguno mencionó lo otro. Tampoco es un cheque en blanco para los demócratas: en confianza para combatir la corrupción apenas aventajan a los republicanos por cinco puntos. Su voto es prestado.
Si Carville tuviera que colgar hoy su letrero, escribiría otra cosa. El pay-pulism, prometer cheques a la mayoría mientras se reparten contratos e indultos entre los cercanos, no alcanzó para tapar lo que nueve de cada diez votantes ya habían visto: es la corrupción, stupid. Vale para cualquier país donde un liderazgo confunda la mayoría que lo eligió con un permiso para todo. De este lado del Bravo también hay boletas, y la próxima llega en 2027.
