Un fósil de dinosaurio de 115 millones de años conserva indicios de glóbulos rojos
El análisis de un terópodo hallado en Brasil combina evidencia microscópica y química para investigar la conservación de componentes sanguíneos. El descubrimiento amplía las posibilidades de la paleontología molecular, pero no implica que se haya recuperado sangre intacta ni ADN de dinosaurio.

Por Will Dunham
Un fragmento de hueso de la pata de un dinosaurio carnívoro que vivió hace aproximadamente 115 millones de años podría conservar vestigios de sus glóbulos rojos. El hallazgo, publicado este 2 de noviembre en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), aporta evidencia microscópica y química compatible con la preservación de componentes sanguíneos en un fósil del Cretácico Inferior.
La investigación fue dirigida por la geoquímica Kliti Grice, de la Universidad Curtin, en Australia, y se centró en restos de Aratasaurus museunacionali, un terópodo descubierto en el estado brasileño de Ceará. Los investigadores identificaron estructuras mineralizadas dentro de los canales vasculares del hueso y detectaron señales moleculares relacionadas con el hemo, una molécula que contiene hierro y forma parte de la hemoglobina.
Un dinosaurio del Cretácico brasileño
Aratasaurus museunacionali vivió durante el Cretácico Inferior, cuando la región que hoy corresponde al noreste de Brasil presentaba ambientes sedimentarios capaces de preservar fósiles con notable detalle. El ejemplar estudiado conserva partes de la extremidad posterior derecha, incluidos elementos del fémur, la tibia y el pie.
A partir de sus restos, los paleontólogos estiman que el animal medía alrededor de tres metros de longitud y que probablemente era juvenil o un adulto joven. Como otros terópodos, caminaba sobre dos patas y pertenecía al amplio grupo evolutivo de dinosaurios que incluye a las aves actuales.
El fósil fue recuperado en una mina de yeso de Ceará. Su importancia no reside únicamente en la anatomía que permite reconstruir, sino también en la posibilidad de estudiar señales químicas que normalmente se degradan durante los procesos de descomposición y fosilización.
Cómo se identificaron las posibles células sanguíneas
Los investigadores examinaron el interior del hueso mediante técnicas de microscopía y análisis químico. En los canales vasculares encontraron numerosas microestructuras de forma elipsoidal, cuya ubicación, dimensiones y morfología resultaban compatibles con células sanguíneas.
La forma de una estructura fósil, sin embargo, no basta para demostrar su origen biológico. En investigaciones anteriores, algunas supuestas células y vasos sanguíneos de dinosaurios fueron cuestionados porque podían corresponder a microorganismos, minerales o contaminantes introducidos después de la muerte del animal.
Por esa razón, el equipo complementó las observaciones microscópicas con análisis moleculares. Mediante cromatografía líquida de alta resolución acoplada a espectrometría de masas, detectó hemo B y compuestos relacionados en el material óseo. También utilizó espectroscopía Raman y análisis elemental para investigar la distribución de señales químicas en las microestructuras.
La asociación entre las estructuras celulares y las señales relacionadas con el hemo constituye el principal argumento del estudio. Los investigadores sostienen que la coincidencia entre morfología, localización anatómica y composición química hace más sólida la interpretación de que se trata de restos de glóbulos rojos que la basada exclusivamente en su apariencia.
El papel del hemo y la conservación mineral
El hemo es una molécula con un átomo de hierro que forma parte de la hemoglobina, la proteína responsable del transporte de oxígeno en los glóbulos rojos de numerosos vertebrados. Su detección no equivale a recuperar hemoglobina intacta, pero proporciona una señal química relacionada con la función sanguínea.
El equipo también identificó hausmannita, un mineral de óxido de manganeso, asociada a las estructuras. Los autores proponen que la mineralización temprana pudo estabilizar o replicar parcialmente la forma de las células durante la fosilización, preservando un registro mineral de estructuras que normalmente desaparecerían.
El ambiente en el que quedó enterrado el animal pudo contribuir a esa conservación. Los investigadores plantean que el enterramiento rápido en un entorno acuático pobre en oxígeno y rico en actividad microbiana favoreció la preservación de componentes orgánicos y su transformación mineral.
Qué significa —y qué no significa— el descubrimiento
El estudio no demuestra que se haya conservado sangre líquida, células funcionales, hemoglobina completa ni ADN de dinosaurio. Las señales moleculares identificadas son compatibles con restos transformados químicamente a lo largo de millones de años.
Los investigadores también detectaron aminoácidos relacionados con el colágeno, una proteína estructural abundante en los tejidos. No obstante, encontrar aminoácidos asociados a una proteína no significa haber recuperado la proteína intacta ni permite reconstruir su secuencia original.
La distinción es importante porque el ADN y otras biomoléculas grandes y complejas se degradan de manera diferente a moléculas pequeñas como el hemo. La supervivencia de una señal molecular relacionada con la sangre no permite inferir que el material genético de las células haya sobrevivido.
Un avance que necesita nuevas pruebas
La conservación de tejidos blandos y moléculas orgánicas en fósiles antiguos ha sido objeto de debate durante décadas. Estudios anteriores describieron estructuras similares a vasos sanguíneos y células en huesos de dinosaurios, pero la identificación de su origen biológico ha sido difícil de establecer de manera independiente.
El trabajo de PNAS aporta una estrategia que combina análisis estructurales, mineralógicos y moleculares para reducir algunas de esas incertidumbres. Sin embargo, el estudio se basa en un único ejemplar y no establece cuán frecuente es este tipo de preservación en otros dinosaurios o en distintos ambientes geológicos.
Una cuestión pendiente es determinar si las microestructuras corresponden inequívocamente a eritrocitos originales. Su forma no coincide exactamente con la de los glóbulos rojos de aves y cocodrilos, los parientes vivos más cercanos de los dinosaurios no avianos. La deformación durante la fosilización podría explicar parte de esa diferencia, pero será necesario analizar otros especímenes.
Los autores consideran prioritario repetir los análisis en fósiles de distintas edades, especies y contextos sedimentarios. La confirmación independiente permitiría evaluar si las señales químicas y las estructuras mineralizadas constituyen un patrón reproducible o una preservación excepcional.
Una nueva ventana a la biología del pasado
El hallazgo no permite reconstruir directamente la fisiología de Aratasaurus, pero muestra que algunos fósiles pueden conservar información molecular más allá de su anatomía visible. Esta posibilidad podría ayudar a investigar, en el futuro, aspectos de la evolución de los tejidos, la composición bioquímica y los procesos de fosilización.
También destaca el valor científico de las colecciones paleontológicas existentes. Fósiles excavados hace décadas podrían contener estructuras o señales químicas que no se detectaron con las técnicas disponibles en el momento de su descubrimiento.
La conclusión más prudente es que el fósil brasileño ofrece evidencia convergente compatible con la preservación de restos de glóbulos rojos y moléculas relacionadas con el hemo. Es un avance importante para la paleontología molecular, pero no una resurrección bioquímica de la sangre de los dinosaurios.
Referencia científica: Grice, K. et al. (2026). “Heme signatures in mineralized red blood cells within vascular canals of a 115-million-year-old dinosaur bone”. Proceedings of the National Academy of Sciences.