Juguetes del destino

¿Quién hizo a Estados Unidos, el destino o Abraham Lincoln? ¿Quién hizo la Conquista de México, el destino o Cortés? En Waterloo no triunfó la estrategia ni la táctica ni la inteligencia y ni siquiera la suerte. Solamente jugó y triunfó el destino. Bien lo dicen Romeo y Lear.

En una muy famosa obra de William Shakespeare, el protagonista dice que somos juguetes del destino. En otra, se dice que el destino reparte las cartas y nosotros tan sólo las jugamos. Confieso que me gustaron en mi adolescencia, pero no las comprendí. La vida se encargó del resto.

La historia enseña que el destino ha diseñado 90% de la vida política, mientras que los humanos tan sólo hemos sido espectadores. Algunos han aprovechado 5% y los llamamos héroes, y otro 5% ha sido de creadores y les llamamos iluminados.

¿Quién hizo a Estados Unidos, el destino o Abraham Lincoln? ¿Quién hizo la Conquista de México, el destino o Hernán Cortés? En Waterloo no triunfó la estrategia ni la táctica ni la inteligencia y ni siquiera la suerte. Solamente jugó y triunfó el destino. Bien lo dicen Romeo y Lear.

Hoy he vuelto a pensar en Cuauhtémoc Cárdenas, quien agrupó a la izquierda, la colocó en competencia política y contribuyó a la modernización de la gobernanza. Cárdenas no inventó la alternancia mexicana, pero, sin su importante aportación, ésta hubiera sido muy distinta. La política se lo pagó bien. Senado, dos veces Michoacán y la Jefatura capitalina, una joya de la corona. Los suyos, que le debían más que el resto de los mexicanos, no sé si lo pagaron o si saben pagar. En todo caso, ya no importa. 

Para explicarme con las nuevas generaciones, me permito compartir recuerdos de hace 50 años. En la década de los 80, México se encontraba ante un parteaguas. Había sido gobernado por un solo grupo político durante ya 70 años, considerando 13 como movimiento y 57 como partido formal. 

Durante 90 años forjaron el partido más importante de la historia latinoamericana. Ganaron dos revoluciones, vencieron a dos contrarrevoluciones y diseñaron el México de 100 años hasta ahora y quién sabe cuántos por venir. Fue tan mágico que hoy, mientras más se les critica y se les ataca, más se les imita y se les asemeja. 

No era un partido, sino una poderosa alianza de partidos y organizaciones. Dominaba el universo electoral sin recurrir a triquiñuelas ni chicanas. Pero tan sólo ocupaba 40% de las simpatías. Ello le daba para ganar, pero no siempre para complacer. 

Para mayor complicación, los canijos no sólo eran invencibles, sino que también eran infalibles. No fallaban sus escuelas ni sus hospitales ni sus ferrocarriles. Eran imprescindibles. Siempre se adelantaban a los deseos. Ninguna marcha les pidió que fundaran el IMSS ni el Infonavit ni el Fonatur, con sus Cabos, su Ixtapa, su Huatulco o su Cancún. Y eran incombustibles. En 90 años sólo tuvieron tres días malos… muy malos. Un 2 de octubre de 1968, un 1 de septiembre de 1982 y un 19 de septiembre de 1985. 

Sin embargo, todo ello generaba un peligro político porque la permanencia sin alternancia provoca al hartazgo e induce al cambio. Si a diario me dan Chateaubriand, Wellington, Strogonoff, Churrasco o Chemita, en unos días ya ruego por unos tacos de canasta. Y así sucedió en nuestro fin de siglo XX. 

Sólo así se explica que formatos tan menores hayan vencido a formatos tan mayores. No hay otra explicación de que Vicente Fox haya vencido a Francisco Labastida ni de que López Obrador haya vencido a José Antonio Meade. En muchos países, estas historias se han presentado, lo mismo en Estados Unidos que en Gran Bretaña y en Francia. Si no me lo creen, se lo pueden preguntar a Churchill, a De Gaulle o a Eisenhower.  

También agrego la otra ecuación. Labastida y Meade eran muy superiores a sus contrarios, pero no les funcionó su partido. Nunca sabremos si esa deserción fue por fisura, si fue por fractura, si fue por perjura, si fue por conjura o si fue por jefatura. Mi mente ha imaginado y condenado a los culpables. No sé si yo sea injusto, pero sí sé que soy inclemente.    

En fin, los buenos jugadores del destino son muy benéficos para la humanidad. César no inventó Roma ni Colón inventó América. Pero qué bueno que los tuvimos porque los necesitábamos.

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